En medio de la vorágine a la que nos tiene acostumbrados la política nacional, hay dos noticias de estos días que no deberían pasar desapercibidas. Una, la huelga que en diversas comunidades autónomas, como Cataluña y Comunitat Valenciana, está manteniendo el colectivo de docentes pidiendo, entre otras, mejoras en las condiciones de enseñanza conducentes tanto a poder desarrollar su labor en unas condiciones mínimamente dignas, como a garantizar el derecho educativo del alumnado, gran perdedor cuando algunos gobernantes deciden degradar un poco más la calidad de la Educación Pública. La otra, la suspensión de clases que sigue dándose en centros educativos entre los que se encuentra el alhameño Valle de Leiva ante las altas temperaturas, dado que la instalación de los aires acondicionados, obtenida gracias a un esfuerzo sostenido de la comunidad educativa durante ya varios cursos, aún no está lista.
A finales del siglo XIX, hubo un movimiento llamado Regeneracionismo que reunió a intelectuales, escritores y filósofos, entre otros, obsesionados con lo que veían como la degradación de la nación española ante el fracaso de la Modernidad en nuestra tierra. No poco cargado de tópicos, y muy matizable y matizado hoy día, mantuvo sin embargo una esperanza puesta en la enseñanza como motor de cambio de una España asediada por la desigualdad social, la violencia militar y una política a base de mediocres caciquillos locales. Creían, verdaderamente, que una de las causas de que el país estuviese atravesado por el analfabetismo y fuese señalado como supersticioso y oscurantista era precisamente la falta de educación.
Yo pensaba que la Educación Pública, logro conseguido a base de no pocas vidas -Ferrer Guardia, pedagogo fusilado en 1909, o los maestros y maestras ajusticiados o exiliados tras la Guerra Civil-, era al menos un componente tan básico en la vida democrática que, aunque fuese de boquilla, no habría quien pudiera darle la espalda a día de hoy, fuese de la tendencia política o ideológica que fuese. Mi tristeza viene, entonces, de observar cómo en redes sociales, ante noticias de la suspensión de clases por las altas temperaturas al no tener centros climatizados, aparecen comentarios del tipo “cuando yo iba a la escuela, no teníamos aire acondicionado, y no nos quejábamos, y encimas luego trabajábamos, generación de cristal”. El último sintagma, presente en el vocabulario de ciertos populismos actuales, remite a una especie de honor soberbio basado en la triste máxima de “como yo me jodí, tú te jodes”. La otra ejemplificación del asunto ha surgido cuando una maestra, en las protestas valencianas, ha sido brutalmente empujada al suelo por un miembro de las Fuerzas de Seguridad. A pesar de que esta agresión ha supuesto un rechazo más unánime, hay quien —tristemente también desde sindicatos corporativos—, no importándole demasiado el desproporcionado uso de la fuerza, se ha apresurado a justificarlo de algún modo, como si la docente pudiese haber sido una especie de agente especial encubierta que supusiera una amenaza inminente, o algo así.
Estos acontecimientos hacen que no pare de darle vueltas a una pregunta: ¿Por qué, en cualquier caso, ha de ser evitada la mejora de las condiciones? Suponiendo que lo aquí descrito fuese tal que así, que no tuviésemos en cuenta, por ejemplo, la subida constante de las temperaturas, o los cambios en los centros educativos, las ratios, y múltiples otros factores, o que se nos olvidase que el artículo 28.2 de la Constitución reconoce el derecho a huelga de los trabajadores para la defensa de sus intereses, ¿por qué hay gente que se queja cuando se reclaman mejoras, o se protesta por las malas condiciones en que está la educación?
No creo que haya que ser injusto y señalar a una generación, si bien tengo en la mente que muchas veces en mi vida he oído a personas más ancianas -en torno a la edad de mis abuelos, es decir, gente que nació en la posguerra, y que vivió en condiciones todavía peores-, precisamente reclamar que nosotros, los jóvenes, lo que merecemos es un futuro más justo que el que ellos tuvieron -tal vez, por eso, nuestras abuelas nos inflaban a comer-.
Si los jóvenes de hoy son una generación de cristal, hay una que desde luego creo que puede calificarse de cemento armado. No tiene por qué ser una generación en el rango de edad, pero sí personas que, no entiendo el porqué, en lugar de protestar en bloque -me da absolutamente igual su tendencia política-, se empeñan en decir que si los críos son delicados ante más de treinta grados en las aulas, o que si los profesores de qué se quejan que tienen ya muchas vacaciones, o que si su huelga les está cortando el tráfico en una calle. Cuestión de prioridades, supongo.
P.D.: Dedico este artículo a Adrián Mellado, a quien no solo porque me consta que es un alumno brillante, sino sobre todo por demostrar con su ímpetu y protesta una valentía que ojalá tuviesen todos los jóvenes, le auguro un gran porvenir.