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Hablemos de calidad, y de enseñanza
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Hablemos de calidad, y de enseñanza

Diría que resulta curioso, pero la verdad es que resulta repugnante ver como “en nombre de la calidad de la enseñanza” lo que se propone siempre por parte del partido socialista es disminuir los controles, “flexibilizar” los estándares, cerrar los ojos para dejar pasar aquello que “no cumple” y que el marrón sea del siguiente departamento

A lo largo de los años que llevo dando tumbos por los institutos de formación profesional, que ya empiezan a ser unos cuantos, me ha tocado más de una vez dar clase sobre Calidad en sus distintos aspectos.

El primer día en ese tipo de materias siempre empieza con el consabido “¿Qué es calidad?”, que suele dar lugar a un debate más o menos interesante con los alumnos en el que solemos llegar al consenso de que hay dos tipos de calidad, una, que sería la “salubridad”, es decir, que el producto o el proceso no producen nada que sea nocivo para la salud ni esté fuera de la legalidad, y la otra, que aquello que se obtiene se parece lo suficiente a aquello que se pretende obtener.

Para asegurar la calidad del producto final, hasta el siglo XIX, lo que se hacía en la industria era examinar que todos los productos cumplían con los estándar. Este sistema de “exámenes finales” el problema que presentaba es que se “desperdiciaba” mucho porcentaje de la producción, que acababa vendida a precio de saldo o directamente desechada. En el caso de la enseñanza, el que “no todo el mundo valía para estudiar”.

A lo largo del siglo XX se va imponiendo en todas las industrias la mejora que supone establecer exámenes intermedios, correspondientes a la calidad de distintas etapas del proceso de producción, y se impone porque resulta rentable. Se desperdician menos recursos y el porcentaje final de producto “no conforme” disminuye. Este proceso de adopción de exámenes e inspecciones intermedias, que se correspondería con la evaluación continua, fatal irá evolucionando y siendo el germen de los sistemas de gestión de la calidad o los sistemas de calidad total, en los que las verificaciones internas y externas se hacen en cada punto crítico del sistema (aquel donde puede haber una desviación que ponga en riesgo la calidad) y donde cada desviación es tratada para que ese producto pueda volver en lo posible a la cadena de producción.

Diría que resulta curioso, pero la verdad es que resulta repugnante ver como “en nombre de la calidad de la enseñanza” lo que se propone siempre por parte del partido socialista es disminuir los controles, “flexibilizar” los estándares, cerrar los ojos para dejar pasar aquello que “no cumple” y que el marrón sea del siguiente departamento. En una empresa, esto resultaría fatal. En un país, ya vamos viendo los resultados.

Seguro que alguien es capaz de defender que el “dejar pasar” alumnos con materias suspensas (en lugar de darles la oportunidad, con más tiempo, de aprender aquello que se considera necesario), el que “copiarse en un examen” deje de ser falta leve, el trasladar “Septiembre” a julio y con él la posibilidad de dedicar de un periodo de estudio y maduración antes de repetir los exámenes en que se ha fallado, o directamente, ahora, eliminar la posibilidad de repetir esos exámenes aunque sea en junio, un par de semanas después de haber hecho los finales. Seguro que hay quien dice que esas cosas mejoran la calidad de la enseñanza, pero la verdad es que lo que hacen es disminuir la eficacia de la enseñanza pública, poniendo piedras en el camino de aquellos alumnos cuyos padres no pueden permitirse pagar ayudas externas, dejando que padres y alumnos crean que “porque pasan” han aprendido. Eso sí, lo que resulta es mucho más barato, que el dinero hay que gastarlo en cosas que salgan en las fotos.
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