España es un país de oportunidades. Eso nos dicen siempre. Pero lo del entorno del caso Koldo ya no es una historia de superación: es directamente un guion rechazado por Netflix por poco creíble.
Porque aquí no hablamos de alguien que empezara desde abajo y, con esfuerzo, acabara dirigiendo una gran empresa. No. Aquí hablamos de trayectorias que parecen más propias de una novela picaresca que de un currículum para gestionar lo público.
Y mientras tanto, el Gobierno de Pedro Sánchez nos pide que miremos hacia otro lado, que no pasa nada, que todo son bulos o exageraciones. Pero el problema no es sólo lo que esté probado judicialmente, el problema es lo que resulta verosímil políticamente.
Porque cuando personajes como Koldo García acaban teniendo influencia en estructuras clave del Estado, la pregunta no es solo qué hicieron, sino cómo llegaron ahí.
¿Mérito?
¿Capacidad?
¿O simplemente proximidad al poder?
Llevamos tiempo advirtiendo de este modelo: el del amiguismo elevado a sistema, el del 'coloca a los tuyos' como política de recursos humanos. Y claro, luego pasan cosas. Luego aparecen comisiones, contratos bajo sospecha y declaraciones que señalan hacia arriba... aunque después falten pruebas.
Pero el daño ya está hecho. La imagen de España no se deteriora sólo en los tribunales, sino en la opinión pública. Y ahí, el caso Koldo se ha convertido en símbolo de algo más grande: un Gobierno que ha perdido el control del relato... y quizá también de su propia estructura.
Porque en política, como en la vida, hay ascensos que inspiran... y otros que simplemente levantan sospechas.