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No son cosas agradables de oír

No son cosas agradables de oír

Ni tampoco son cosas agradables de decir. Por eso son pocos los que a día de hoy las expresan en voz alta con palabras que la gente en general encuentre comprensibles

Una epidemia es la aparición simultanea de un elevado número de casos de enfermedad en una zona geográfica que anteriormente estaba exenta de ella, o un aumento importante en la incidencia de una enfermedad endémica. Una Pandemia es una epidemia que se produce trasmisión comunitaria simultáneamente en al menos dos continentes y una endemia es una enfermedad “que siempre hay” en un país. Para que usted se haga a la idea, la malaria y la tuberculosis eran endemias en España hasta mediados del siglo pasado y siguen siéndolo aún en muchos países. (Y no, evidentemente, por ser endemias dejaban de ser problemas sanitarios de primer orden).

¿Por qué cuento todo esto? Pues porque los políticos se dedican a utilizar las palabras científicas como si pudieran hacer con ellas lo mismo que con el politiqués. Sin embargo, que un científico diga que una enfermedad deja de ser epidemia (o pandemia, que solo habla del tamaño), para convertirse en una endemia, no significa que esté diciendo que la enfermedad deje de ser importante. Todo lo contrario. Lo que dice es que las esperanzas de erradicar la enfermedad son nulas y los esfuerzos deben encaminarse a controlar sus efectos en la sociedad y minimizar los daños más que a averiguar donde se produjo la infección, identificar y aislar a los asintomáticos y etc. El tiempo en el que esas medidas tenían efecto ha pasado. ¿dónde has pillado el COVID? En cualquier sitio, en cualquier momento. Igual que la gente pillaba la tuberculosis en el siglo XIX.

Las pruebas PCR, los test, los rastreadores, tienen ahora mismo ya una utilidad de diagnóstico individual, pero no sociosanitario. Estamos en un momento en el que, como en la gripe, lo importante es la ocupación hospitalaria y de camas de UCI y el absentismo laboral y académico con todos los problemas económicos y sociales que conllevan.

No podemos impedir que mucha gente coja la gripe todos los años, no es un objetivo razonable, pero sí podemos evitar que la gripe mate tanto como podría, vacunando a los colectivos más vulnerables, programando cirugías y ocupaciones hospitalarias y etc. Se realizan acciones preventivas, pero se asume que todos los años habrá oleadas de gripe, unas más graves que otras, igual que en la cuenca Mediterránea se asume que las ramblas “salen” de vez en cuando.

No son cosas agradables de oír. No son cosas agradables de decir, y por eso son pocos los que a día de hoy las expresan en voz alta en palabras que la gente en general encuentre comprensibles. La única buena noticia, la noticia a la que nos aferramos, es que parece que el virus, aunque “contagie màs”, “mata menos” y que afortunadamente, las vacunas funcionan, sin que esto signifique que el virus ya no mata o que las vacunas conseguirán erradicarlo. Vienen todavía semanas duras, semanas en las que va a crecer alarmantemente el número de hospitalizados, el número de personas en UCI, el número de muertos. En todas partes. Con el nivel de trasmisibilidad que tiene ahora mismo el virus, lo único que puede parar esta epidemia es que tanta gente pase la enfermedad que los enfermos solo se relacionen con personas que ya tienen anticuerpos frente a ella. Es más, ese es uno de los escenarios más probables de aquí a marzo o abril. La misión de los gobiernos es conseguir que, de aquí a entonces mueran los menos posibles.

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