Al escuchar estas palabras no he podido hacerme la siguiente pregunta: ¿Qué vais a hacer ahí arriba, muchachas? A partir de aquí, a medida que descendía al plácido de hogar, me han surgido diferentes posibilidades.
Con toda seguridad estas mozas tenían como propósito inspeccionar el sector norte del castillo en búsqueda de restos que corroboren la tesis planteada por el cronista de la villa en la revista Antigüedad y Cristianismo Nº XXIII (2006) p. 98 [disponible en línea] acerca del posible origen bizantino de la fortaleza del cerro de las paleras.
Desafortunadamente todo parece indicar que esta atractiva hipótesis no ha podido ser corroborada por el registro arqueológico. ¿Se imaginan ustedes a un destacamento de soldados bizantinos divisando desde tales alturas las antiguas termas romanas o los restos de la villa que permanece sepultada bajo el atrio de la actual Iglesia de San Lázaro? Por soñar despierto que no sea, le pese a Calderón.
Tampoco descartaría que estas jóvenes neocervantinas (término puesto en circulación por Jesús G Maestro para referirse a los nacidos en el siglo XX) hubiesen buscado tener una vista privilegiada de la maqbara que permanece cerrada a cal y canto a pocos metros de la biblioteca. Yo tampoco me resistiría a comerme unas chuches haciendo una clasificación de las hierbas silvestres que cubren el antiguo cementerio islámico o las marcas de bebidas que algunos mendrugos (y no de pan precisamente) arrojan esporádicamente para que las pobres plantas silvestres no mueran de sed.
Una vez en casa, desabrochados los arneses y guardadas las bolsas para las heces perrunas y el agua con vinagreta para los orines, he tomado asiento sin evitar dar un suspiro acompañado por tamaño triste lamento: ¡dichosas vosotras que veis tales maravillas desde aquel cerro, yo solo he visto grafitis, truños de perro y sacos de cemento!